Al abrir la nevera ví el desierto. Supongo que la Antártida ,con su científicos y sus icebergs, tiene que ser algo así. Desolador y frío, tan cegador. Menos mal que unas latas me consolaban. Eran esos instantes de punto y aparte, incoherente e infantil divertimento, los únicos que valoraba. Una lata de cerveza helada es uno de los mejores remedios. Soy un payaso, pensé.
Nada queda. Los restos del naufragio son un montón de chatarra. Bebo un trago, la acidez y el frío, las burbujas. Parece mentira que piense en el ayer. No sé por que a estas alturas los pensamientos se toman la libertad de actuar por sí mismos, sin consentimiento ni juicio. Los pensamientos vuelan por mi mente sin permiso de circulación ni seguro de accidentes. Miro por la ventana, y veo la calle quieta. Las calles de Bombay son todas las calles del mundo. Es curioso como la gente desaparece cuando más se la necesita. Las noches de primavera son las mejores salas de estar, pensé. Pero la gente prefiere otras cosas. Ver la tele, hacer un puzzle, reunirse con amigos... Lo hacen para no estar con ellos, para no mirarse las heridas. Yo no tengo esos problemas. Temen que en esta soledad, que tanto duele, se vuelvan locos. Ahí están sus ventanas. Los destellos de sus naderías. Muchos estarán viendo mi misma peli que yo, “Qué bello es vivir”, en versión original, subtitulada al indio, supongo. Una de esas obras optimistas, divertidas, muy humanas, alegres, y desde luego esperanzadoras. La calle envuelta en un blanco y negro, clásico y cruel, el barro y la humedad. Mi salón se aburre. Plácidos, arrogantes, funcionarios del vivir, sin vuelta a atrás, vecinos que no miran por la ventana nunca. Estas líneas de expresión y otras.