Me siento a esperar. Espero, y no tarda mucho, pasa saludando, lanzando sus cuchillo que son miradas, y tambaleando unos pasos cortos y estrechos, y yo me siento lleno. Es normal. Es un torrente, un caudal que no cesa y en su paso se lleva casas y colmados. Frágil en las palabras, trueno que revienta los oídos, nostalgia de lo que fuimos y no recordamos.
Luego oigo que las cosas se caen, todos esos detalles, que cuida con mimo o destroza con una terquedad inhumana, caen, caen rodando por el suelo, o vuelan por la habitación como vuelan los aviones que atraviesan esta ciudad.
Ya sé que no sirven de nada todas las fotos que guardo en los cajones, y que el recu
erdo es un cuerda fina que nada sostiene, y el presente es un invento para sostener al resto de hilos. Pero si no es así, si el futuro está por llegar, claro, que me queda sino esperar a que vuelva por aquí. Me propongo descansar. La habitación está vacía, hay un murmullo de ciudad ahí fuera, el reloj de la vecina marca irrespetuoso las y cuarto, y digo: “Mamá está bella”, “Vendrá pronto, no te enfades”.
Reproducir algunos de tus mensajes codificados, esas señales que nos elevan por encima de los satélites, me lleva todo el día. Son gorjeos, sílabas sueltas, riendas enloquecidas, dedos que señalan, son parte de ese lenguaje tan primitivo como brutal, que se cuela en mi aprendizaje y no se resigna a soltarse.
Cómo me verá ella, cuando estoy durmiendo y soñando, y respirando, qué pensará sobre lo que guardo tras los párpados, qué coño se puede imaginar, estará cerca de la realidad de lo que vivo aquí dentro, no sé.
Hay gente en las calles, y en los aviones. Me digo: hay gente que se mata por un agujero como éste, el hotel ambassador es mejor que cualquier otro sitio, gente que no nos mirará nunca, sin embargo, cada uno de sus movimientos tienen que ver con nosotros, y yo hago cuentas, y me sale la declaración a devolver. Gente que no viene nunca a verme. Gente como mis vecinos, y gente como tú, mi niña. Gente que se parece a James Steward.
Me siento a esperar. Te veo otra vez. Ese calculado magnetismo me desborda. Apareces caprichosamente y me arrugas. Mis sueños ya no son lugares seguros. Mis reapariciones son libros en blanco que hay que escribir. Intento buscar a alguien que me de respuestas. Personas normales que regalan consejos e invitan a un café, pero nada. Hoy parece que sólo apareces tú. Mi niña. De un lado a otro del pasillo, sin hablar, sonríes siquiera, y te marchas. Vuelves. Me puedes con tu antojo y tu abuso, y por supuesto, con esa mirada huidiza que atraviesa los cristales de la ventanas y deja caer muros de ladrillo. Me gustaría levantarme pero no tengo intención. Estoy agusto en este suelo de cristales azules como el cielo. Ya no sueño ni volando. Por lo menos, la voluntad, en esta parte de la vida, es débil como una bailarina en un combate de boxeo. No hay música en mis sueños. Me gustaría escuchar a Leonard Cohen, una voz caliente y áspera, que acompañe este temblor de melancolía. I´m your man. I'm coming down to reward them. Música de resignación, pero nada. Tampoco funciona. Tampoco.
Me veo fumando, y sonriendo. De repente, la habitación es vacío, y solo me dejo llevar por el pasillo, andando como un sonámbulo, hasta el final de la noche que es una mentira absurda, cruel y babosa. Silencio, horas muertas y un eco degollador. Te has ido, mi niña, y no vuelves. Sólo vuelvo yo.
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