lunes, 21 de abril de 2008

aire en el hotel Ambassador. bombay. parte 5.

Toda la película es un flashback. Ahora lo recuerdo. Un hombre, agobiado, dispuesto al suicidio como legítima salida. Si en este instante se hubiera detenido la cinta, si se hubiese terminado la película en este punto. Fin. Grandes críticas, aplausos eternos, un lugar en la leyenda, y Capra coronado como el más sabio y efectivo, sin duda, el más real de los clásicos. Así debería haber terminado la historia, justo en el principio, saltándose esa retahíla de abrazos navideños, de caras de cumpleaños y mejillas que se rozan. Sin embargo alguien pensó que las películas deberían durar algo más. Capra también debió pensarlo. Tanto valor ético, tanta bondad del hombre, aún no sé en que pensaba. Fin, ese era el momento. Se equivocaron. Tanto optimismo vital. Pienso en lo que escribí siempre sobre Frank Capra: “o era un perverso, y un temible conservador, individualista y conformista, con un mensaje tan obsceno como ideológico, o era un simple, ingenuo y sentimental, tan temible como el primero”.

Lo pienso, mientras me veo en el salón, recostado en el sofá, dolorido por la postura y vencido. Algo ha pasado mientras yo dormía, o quizás no dormía. Tres y pico de la mañana. No sé cuanto tiempo llevo aquí, entre estas ideas y esta actitud tan dolorosa. La televisión ha vuelto con colores y ridículas señoras que hacen deporte, sonríen. ¿Por qué sonríen? Me dejo ir hasta el lavabo. Una cara desconocida, un tipo mucho más viejo que yo me mira. Cerdo, si vuelves, te mato. No sé que coño le pasa, pero me mira. Descarado y embustero, te odio. Echo cuentas, debería dormir ahora, si mañana no quiero parecer una broma pesada en una lata de sardinas.

viernes, 18 de abril de 2008

aire en el hotel Ambassador. bombay. parte 4.

Me siento a esperar. Espero, y no tarda mucho, pasa saludando, lanzando sus cuchillo que son miradas, y tambaleando unos pasos cortos y estrechos, y yo me siento lleno. Es normal. Es un torrente, un caudal que no cesa y en su paso se lleva casas y colmados. Frágil en las palabras, trueno que revienta los oídos, nostalgia de lo que fuimos y no recordamos.

Luego oigo que las cosas se caen, todos esos detalles, que cuida con mimo o destroza con una terquedad inhumana, caen, caen rodando por el suelo, o vuelan por la habitación como vuelan los aviones que atraviesan esta ciudad.

Ya sé que no sirven de nada todas las fotos que guardo en los cajones, y que el recuerdo es un cuerda fina que nada sostiene, y el presente es un invento para sostener al resto de hilos. Pero si no es así, si el futuro está por llegar, claro, que me queda sino esperar a que vuelva por aquí. Me propongo descansar. La habitación está vacía, hay un murmullo de ciudad ahí fuera, el reloj de la vecina marca irrespetuoso las y cuarto, y digo: “Mamá está bella”, “Vendrá pronto, no te enfades”.

Reproducir algunos de tus mensajes codificados, esas señales que nos elevan por encima de los satélites, me lleva todo el día. Son gorjeos, sílabas sueltas, riendas enloquecidas, dedos que señalan, son parte de ese lenguaje tan primitivo como brutal, que se cuela en mi aprendizaje y no se resigna a soltarse.

Cómo me verá ella, cuando estoy durmiendo y soñando, y respirando, qué pensará sobre lo que guardo tras los párpados, qué coño se puede imaginar, estará cerca de la realidad de lo que vivo aquí dentro, no sé.

Hay gente en las calles, y en los aviones. Me digo: hay gente que se mata por un agujero como éste, el hotel ambassador es mejor que cualquier otro sitio, gente que no nos mirará nunca, sin embargo, cada uno de sus movimientos tienen que ver con nosotros, y yo hago cuentas, y me sale la declaración a devolver. Gente que no viene nunca a verme. Gente como mis vecinos, y gente como tú, mi niña. Gente que se parece a James Steward.

Me siento a esperar. Te veo otra vez. Ese calculado magnetismo me desborda. Apareces caprichosamente y me arrugas. Mis sueños ya no son lugares seguros. Mis reapariciones son libros en blanco que hay que escribir. Intento buscar a alguien que me de respuestas. Personas normales que regalan consejos e invitan a un café, pero nada. Hoy parece que sólo apareces tú. Mi niña. De un lado a otro del pasillo, sin hablar, sonríes siquiera, y te marchas. Vuelves. Me puedes con tu antojo y tu abuso, y por supuesto, con esa mirada huidiza que atraviesa los cristales de la ventanas y deja caer muros de ladrillo. Me gustaría levantarme pero no tengo intención. Estoy agusto en este suelo de cristales azules como el cielo. Ya no sueño ni volando. Por lo menos, la voluntad, en esta parte de la vida, es débil como una bailarina en un combate de boxeo. No hay música en mis sueños. Me gustaría escuchar a Leonard Cohen, una voz caliente y áspera, que acompañe este temblor de melancolía. I´m your man. I'm coming down to reward them. Música de resignación, pero nada. Tampoco funciona. Tampoco.

Me veo fumando, y sonriendo. De repente, la habitación es vacío, y solo me dejo llevar por el pasillo, andando como un sonámbulo, hasta el final de la noche que es una mentira absurda, cruel y babosa. Silencio, horas muertas y un eco degollador. Te has ido, mi niña, y no vuelves. Sólo vuelvo yo.


sexto adagio de koke

Las calle tienen demasiados agujeros, si sales corriendo, mira bien al suelo.

lunes, 14 de abril de 2008

hotel Ambassador. bombay. parte 4.

La noche por delante. No tengo sueño. Mañana descansaré en el avión. Pienso en abrir una de las ampollas de aire. Me aburro con tanto buen cine y tanta vecindad india orquestada y silenciosa. Al fin y al cabo, yo mantengo mi negocio, yo asumo las responsabilidades, el que yo me juegue en mis ratos de ocio a la ruleta rusa, sólo de mí depende. Vuelvo a la habitación. Busco algo que me haga llevar estas horas de desconsuelo y reinicio. El cristal fino en mi mano y los temblores forman parte del mismo ritual.

viernes, 11 de abril de 2008

un extraviado mensaje del extranjero.

Si ando lo suficiente, llegaré a cualquier sitio.

quinto adagio de koke

Tengo días en los que estoy en un silencio de sepulcro. No hablo aunque lo parezca. Sólo ella -mamá también tenía ese don-, me coge en renuncios y me dice, qué te pasa, dónde estás, por qué no vuelves... Son días de lentitud y reflexión, divago en mis ideas peregrinas, rebusco en segmentos y espirales, corro por los pasillos del laberinto de mi mente, y nado en el letargo de la nada. Gozo con estos momentos de paz, y me anudo a ese ser que soy yo, que está dentro de mí, y nadie conoce, lo celebro, y me guardo los secretos.

jueves, 10 de abril de 2008

hotel Ambassador. bombay. parte 3.

Al abrir la nevera ví el desierto. Supongo que la Antártida ,con su científicos y sus icebergs, tiene que ser algo así. Desolador y frío, tan cegador. Menos mal que unas latas me consolaban. Eran esos instantes de punto y aparte, incoherente e infantil divertimento, los únicos que valoraba. Una lata de cerveza helada es uno de los mejores remedios. Soy un payaso, pensé.

Nada queda. Los restos del naufragio son un montón de chatarra. Bebo un trago, la acidez y el frío, las burbujas. Parece mentira que piense en el ayer. No sé por que a estas alturas los pensamientos se toman la libertad de actuar por sí mismos, sin consentimiento ni juicio. Los pensamientos vuelan por mi mente sin permiso de circulación ni seguro de accidentes. Miro por la ventana, y veo la calle quieta. Las calles de Bombay son todas las calles del mundo. Es curioso como la gente desaparece cuando más se la necesita. Las noches de primavera son las mejores salas de estar, pensé. Pero la gente prefiere otras cosas. Ver la tele, hacer un puzzle, reunirse con amigos... Lo hacen para no estar con ellos, para no mirarse las heridas. Yo no tengo esos problemas. Temen que en esta soledad, que tanto duele, se vuelvan locos. Ahí están sus ventanas. Los destellos de sus naderías. Muchos estarán viendo mi misma peli que yo, “Qué bello es vivir”, en versión original, subtitulada al indio, supongo. Una de esas obras optimistas, divertidas, muy humanas, alegres, y desde luego esperanzadoras. La calle envuelta en un blanco y negro, clásico y cruel, el barro y la humedad. Mi salón se aburre. Plácidos, arrogantes, funcionarios del vivir, sin vuelta a atrás, vecinos que no miran por la ventana nunca. Estas líneas de expresión y otras.